La lluvia golpeaba con furia inusitada contra los cristales de la entrada del edificio, un repiquetear constante que parecía marcar una cuenta regresiva implacable. En el interior del vestíbulo, el aire olía a asfalto mojado, sudor frío y a la metálica y densa fragancia de la sangre fresca. Clara permanecía inmóvil, con los dedos aferrados a las asas de su bolso y el corazón latiéndole desbocado en los oídos, resonando como un tambor de guerra.

A sus pies, semiinconsciente y desplomado contra la fría estructura metálica de los buzones postales, yacía el hombre. Su cabello oscuro estaba totalmente empapado, pegado a la frente, y el agua que escurría de su chaqueta de cuero mezclábase con los hilos carmesí que brotaban de una profunda herida abierta sobre su ceja izquierda. El pómulo inflamado y morado deformaba temporalmente sus facciones, dándole un aspecto espectral bajo las luces parpadeantes del pasillo. Sin embargo, lo que verdaderamente helaba la sangre de Clara no eran los hematomas ni el rastro evidente de violencia extrema que marcaba su cuerpo, sino los aterradores segundos de silencio que siguieron a su pregunta.

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—¿Qué… qué te ha pasado? —logró articular Clara, con un hilo de voz apenas audible, mientras daba un paso vacilante hacia adelante.

El hombre levantó lentamente la cabeza. Sus ojos, de un tono grisáceo y penetrante, se clavaron en los de ella con un destello de dolor y advertencia. Abrió los labios agrietados para responder, pero un estruendo seco y sordo desde el exterior interrumpió cualquier intento de explicación.

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Al girar el rostro hacia la puerta de cristal esmerilado, el alma pareció escapársele del cuerpo. A través de la mampara mojada y empañada por la condensación, una figura gigantesca y de hombros imponentes se recortaba imponente bajo la luz de la calle. Era una mole humana, un perseguidor implacable que no solo había dado con su rastro, sino que estaba dispuesto a demoler cualquier obstáculo —o cualquier puerta— con tal de terminar el trabajo que había dejado a medias en la oscuridad de callejón.

La sombra dio un paso al frente, y la silueta de su puño pareció rozar el vidrio, buscando la manilla.

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—No hay tiempo… —murmuró el herido, con una urgencia desesperada brotando de su garganta.

Actuando por puro instinto de supervivencia, Clara arrojó sus temores al fondo de su mente. Dio un salto hacia el suelo, se inclinó y deslizó ambos brazos por debajo de los hombros del desconocido, tirando de él con todas las fuerzas que le permitían sus delgados brazos. El hombre, a pesar de su propio dolor y peso, hizo un esfuerzo sobrehumano para impulsarse con las piernas, ayudándola a sostenerse. Entre tropezones y jadeos ahogados, lograron girar y arrastrarse hacia el pasillo interior, buscando el recoveco oscuro que conducía al ascensor de servicio y a las escaleras de emergencia.

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El eco de un golpe brutal resonó en el vestíbulo. La puerta principal había cedido parcialmente, chirriando de forma estridente bajo la furia del agresor externo.

Agazapados en la penumbra del pasillo secundario, con el hombre apretando con fuerza el brazo de Clara para acallar cualquier sonido y ella con los ojos abiertos de par en par por el pánico más puro, ambos comprendieron que la verdadera pesadilla no había hecho más que comenzar. Aquella noche, en medio de la tormenta, ya no había vuelta atrás: el refugio que Clara creía seguro se había convertido en una trampa mortal, y el desconocido al que intentaba salvar guardaba secretos que ni el propio destino podría perdonar.

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