El silencio en la ostentosa sala se rompió únicamente por el suave tintineo del mecanismo metálico al ajustarse. El hombre de imponente presencia, ataviado con un traje marfil y dorado, respiró hondo mientras observaba a la pequeña niña que, con total naturalidad, acariciaba la prótesis de su pierna.

La empleada doméstica, con el rostro marcado por la preocupación, intentó intervenir apresuradamente para apartar a la niña, temiendo una mala reacción del hombre. Sin embargo, la inocencia y la absoluta falta de prejuicios de la pequeña desarmaron cualquier rastro de dureza en su mirada.

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—¿Por qué iba a tener miedo? Solo es tu pierna —respondió la niña con total dulzura y unos grandes ojos claros, mirándolo de frente sin un ápice de temor.

Las palabras resonaron en la mente del hombre como un bálsamo largamente esperado. Los años de carga emocional, de dolor y de orgullo herido parecieron disiparse en ese instante. Por primera vez en mucho tiempo, una lágrima genuina y silenciosa rodó por su mejilla, mientras cerraba los ojos y aceptaba con paz el abrazo sincero de la vida que comenzaba a florecer a su alrededor.

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