Una luz dorada llenó por completo la habitación de hospital mientras los monitores cardíacos comenzaban a sonar con un ritmo estable y lleno de vida. El anciano abrió los ojos, sintiendo por primera vez en años un calor reconfortante recorrer su cuerpo en lugar del agudo dolor que lo consumía.
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La taza de porcelanaJesús le sonrió con calidez y se desvaneció lentamente entre los destellos de luz, dejando en el aire una paz profunda.
Con lágrimas de gratitud bañando sus mejillas, el hombre se incorporó en la cama. Se quitó los tubos del brazo, colocó sus pies sobre el suelo y, ante la mirada atónita de los médicos que entraban a la habitación, caminó hacia la salida.
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Al cruzar las puertas del hospital, recordó las palabras divinas: «Sabes qué hacer». Guardó el rosario en su bolsillo y se dirigió sin dudar hacia la casa de su hijo, decidido a pedir perdón por los años de distanciamiento y a compartir el milagro que acababa de transformar su vida para siempre.
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