El silencio que siguió al murmullo del guardabosques no fue un vacío, sino un peso denso que aplastaba el aire entre los abetos centenarios. Maya seguía con los músculos tensos, con las rodillas aún apoyadas en la tierra húmeda del acantilado, al haber dejado al cachorro a salvo a unos metros de la caída mortal. Pero el alivio de haber salvado al animal se evaporó en el instante en que el entorno pareció mutar. La luz del atardecer, que hasta hacía un momento teñía el horizonte de un dorado cálido, fue devorada por una penumbra espesa que avanzaba desde la espesura del bosque.

A sus espaldas, la respiración profunda y acompasada vibraba directamente en las suelas de sus botas, un sonido gutural y potente que denotaba una fuerza descomunal. El guardabosques, un hombre que había demostrado nervios de acero ante incendios forestales y rescates en acantilados imposibles, tenía las manos vacías y abiertas a los costados, incapaz de reaccionar tras dejar caer su equipo de rastreo. Lo más perturbador no era la presencia colosal que se cernía sobre ellos, sino la expresión en el rostro del veterano: no había pánico puro, sino una macabra mezcla de resignación y una oscura certeza. Parecía un hombre que llevaba tres décadas vigilando el mismo rincón del mapa, esperando exactamente ese segundo.

—¿Qué es eso? —logró susurrar Maya, con la voz ahogada por el terror, temiendo que el más mínimo movimiento provocara un ataque de la criatura.

El guardabosques tragó saliva con dificultad, sin apartar los ojos de la gigantesca silueta que ahora proyectaba su sombra sobre ambos.

El Acorde Silenciado

—Hace treinta años, cuando cerraron los registros de este sector y prohibieron el acceso a la reserva, nos dijeron que la especie había sido erradicada por completo para proteger la zona —respondió él en un hilo de voz, casi para sí mismo—. Nos mintieron. O peor aún… alguien la mantuvo con vida aquí dentro, alimentándola en la sombra.

Un gruñido sordo, cargado de una furia ancestral, retumbó entre las paredes de piedra del cañón. El cachorro, lejos de huir, emitió un chirrido agudo y corrió hacia la imponente sombra, revelando una verdad que heló la sangre de Maya: el pequeño animal no era una víctima rescatada del abismo, sino el señuelo perfecto diseñado para atraerlos a la trampa final de un juego del que ellos apenas comenzaban a entender las reglas.

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