El suelo de mármol pulido del exclusivo salón de belleza reflejaba las titilantes luces de los lujosos candelabros de cristal, mientras el silencio en la sala se volvía insoportable. Un hombre elegante y de porte imponente sostenía firmemente a una joven destrozada; vestía harapos y arrastraba una larguísima y desmedida melena castaña que cubría su rostro bañado en lágrimas. Al pronunciar su tajante exigencia de que arreglaran aquel desastre, los estilistas retrocedieron con expresiones de asombro y repulsión contenida.

La jefa de estilistas se acercó con paso medido, observando con frialdad profesional los mechones enmarañados que tocaban el suelo. Nadie en ese establecimiento de alta alcurnia imaginaba la historia de encierro y dolor que se escondía detrás de esa imagen grotesca. Para el hombre, aquello no era un acto de compasión, sino la fría restauración de una fachada social que necesitaba impecable antes de la gala de esa misma noche; para ella, en cambio, cada tijeretazo representaba el inicio de una venganza largamente gestada en las sombras de aquel sótano. Al encenderse la primera plancha alisadora junto a su oído, la joven alzó la mirada con una chispa helada en los ojos, sabiendo que su transformación dejaría al descubierto crímenes que ningún lujo lograría borrar jamás.

Entradas relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.