
La compuerta metálica principal del búnker subterráneo se deslizó con un zumbido sordo, revelando una densa humareda y el parpadeo errático de las luces de emergencia que apenas iluminaban el corredor de mando. La comandante, con el rostro endurecido por décadas de servicio y los ojos grises fijos en el horizonte del pasillo, dio el paso definitivo hacia el interior acompañada por su escolta de élite.
A su alrededor, el eco de sus propias botas resonaba en la estructura abandonada, donde el tiempo parecía haberse detenido tras el colapso. Sin embargo, un rastro de huellas frescas sobre el polvo delator delató que no estaban solos. Al girar hacia el ala de control táctico, la comandante detuvo su marcha en seco; frente a ellos, una figura encapuchada bloqueaba el acceso al panel central de comunicaciones, sosteniendo un dispositivo de detonación remota. Con un gesto imperceptible pero absoluto, la veterana oficial alzó la mano enguantada, ordenando a sus subordinados mantener la posición mientras el aire en la sala se volvía insostenible, presagiando que la verdadera guerra apenas comenzaba en las sombras de aquel complejo olvidado.
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