
En una sala amplia e iluminada, decorada con ventanales altos y una moderna chimenea encendida al fondo, se lleva a cabo un funeral con dolientes vestidos de negro. Al centro, un ataúd de madera noble descansa sobre una estructura metálica; en su interior yace Valeria con un vestido blanco, rodeada de delicadas flores blancas, mientras dos asistentes sostienen la tapa abierta.
Un hombre de cabello castaño y traje negro se inclina con solemnidad sobre el féretro, posando con delicadeza su mano abierta sobre la frente de Valeria para despedirse. En un instante de absoluta cercanía, una lágrima solitaria brota del ojo de la mujer y se desliza lentamente por su mejilla. Al percatarse del destello, el hombre retrocede con los ojos abiertos de par en par, sumido en una profunda incredulidad.
—¡Sabe llorar! ¡Le juro que vi una lágrima! ¡No estoy loco, la vi llorar! —exclama el hombre con desesperación, dirigiéndose a una mujer de luto con velo negro que lo observa estupefacta entre los asistentes.
Mientras tanto, en las manos cruzadas sobre el pecho de Valeria reposa una pequeña cruz metálica, guardando el secreto de su misterioso estado en medio de la conmoción general.
El Juramento Inesperado