El frío de la morgue era tan espeso que parecía cortar la respiración. Al fondo, una pared de gavetas metálicas numeradas guardaba los secretos más oscuros de la ciudad, mientras que una enfermera de uniforme azul y guantes blancos se acercaba con paso lento a la camilla de acero inoxidable.

Sobre la plancha fría reposaba el cuerpo de una joven vestida con un elegante traje de novia ricamente bordado y perlas incrustadas, con el rostro delicadamente cubierto por un velo translúcido. Con un movimiento mecánico pero cauteloso, la enfermera extendió los dedos enguantados para tomar el borde del velo. A medida que la tela blanca se deslizaba hacia atrás, el rostro sereno de la novia quedó completamente al descubierto, mostrando una paz imperturbable bajo sus párpados cerrados.

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Sin embargo, lo que comenzó como un procedimiento rutinario de registro se transformó en una pesadilla instantánea. Al apartar por completo el velo, la enfermera retrocedió de golpe con los ojos desorbitados por el terror absoluto y la mandíbula caída, profiriendo un grito ahogado al comprobar que la supuesta difunta respiraba. Dominada por el pánico, dio media vuelta y huyó despavorida hacia la salida, dejando atrás la camilla donde el misterio apenas comenzaba

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