
El aire en la sala de autopsias era gélido, impregnado con el característico y pesado olor a formol y esterilidad. Bajo la luz parpadeante de los tubos fluorescentes, una forense experimentada, ataviada con su uniforme azul marino y guantes de látex blanco, sostenía una pinza quirúrgica mientras se acercaba a la mesa de acero inoxidable. Sobre la plancha fría reposaba el cuerpo de una mujer joven, inmóvil, ataviada con un lujoso y elegante vestido de novia recubierto de finas perlas y bordados intrincados. El rostro de la supuesta difunta permanecía cubierto por un delicado velo de encaje nupcial, y sus manos yacían cruzadas con absoluta solemnidad sobre el pecho.
Con un movimiento preciso, la doctora comenzó a retirar con sumo cuidado el velo de encaje que cubría la cara de la novia, dispuesta a cumplir con el protocolo médico antes de iniciar la intervención. Las hebras del tejido se deslizaron lentamente, revelando la tez pálida y los labios incoloros de la mujer tendida. Sin embargo, en el instante en que el velo se apartó por completo, la forense se detuvo en seco; sus ojos se abrieron de par en par al percatarse de un detalle aterrorizador que desafiaba toda lógica médica.
Mira Esto:La Gran Noche y el Giro Inesperado: Una Década de RecuerdosUn grito ahogado escapó de su garganta mientras retrocedía tambaleándose, aterrorizada por lo que acababa de descubrir bajo la fría luz del depósito de cadáveres.
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