El viento del acantilado soplaba con una fuerza inusual, agitando las copas de los abetos y levantando nubes de polvo entre las piedras húmedas. Maya sentía el corazón golpeteándole contra las costillas, un eco frenético que contrastaba con la quietud repentina del cachorro. El animal, que hasta hacía apenas unos segundos no paraba de estremecerse de miedo contra sus piernas, se había quedado completamente congelado. Sus pequeños ojos oscuros ya no miraban el abismo, sino que se habían fijado con una fijeza aterradora en un punto situado justo a espaldas de ella.

La atmósfera cambió de golpe. La temperatura pareció descender varios grados, y un peso invisible impregnó el aire, volviéndolo espeso y difícil de respirar. Maya intentó girar el cuerpo para descubrir qué era lo que había provocado semejante mutación en el ambiente, pero una mano firme y callosa se cerró con fuerza sobre su hombro. Era el guardabosques. Su rostro, habitualmente curtido por la intemperie y de una tranquilidad imperturbable, estaba completamente pálido. Sus pupilas reflejaban un terror primitivo, de esos que no nacen del peligro físico, sino del reconocimiento de lo imposible.

—Es imposible que esté aquí —susurró el veterano con los labios temblorosos, apenas logrando articular las palabras por encima del rugido del viento.

No era el tamaño colosal de la sombra que se proyectaba ya sobre las rocas lo que lo había dejado en ese estado de shock; ni siquiera la silueta imponente y amenazante que comenzaba a recortarse contra el cielo gris del atardecer. El guardabosques parecía estar viendo a un fantasma, a una criatura que los registros oficiales daban por extinta en esa región desde hacía más de tres décadas, un depredador legendario cuyo nombre nadie se atrevía a pronunciar en voz alta por miedo a invocarlo.

La Sombra del Abismo

Una respiración profunda, áspera y gutural resonó a pocos metros de ellos, vibrando directamente en el suelo de piedra. La sombra se extendió por completo, cubriendo la cornisa con una oscuridad absoluta. Maya sintió que el tiempo se detenía mientras comprendía que aquel cachorro no era una víctima perdida, sino el cebo perfecto. Algo antiguo, salvaje y hambriento había regresado de las profundidades del bosque para reclamar lo que creía suyo, y la trampa en la que habían caído no tenía salida.

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